18 may. 2018

Probaban drogas para encontrar remedios

Ciencias: médicos que probaban drogas para encontrar remedios,

por Alicia Puglionesi 22 septiembre, 2013


Entre las muchas novedades que dio al mundo Samuel Hahnemann, el fundador de la homeopatía, probablemente la más sorprendente sea el espectáculo de circunspectos médicos del siglo XIX bebiendo cantidades graduales de cannabis y tratando de registrar sus efectos sobre sus estados mentales y físicos. Del mismo modo en que no se ofrece a invitados a cenar un plato que uno mismo no ha probado, sostuvo Hahnemann, los doctores no tenían derecho a prescribir a sus pacientes remedios que ellos mismos no hubieran probado. Por desgracia, debido a impedimentos en el departamento de registros, los médicos eran “compelidos a publicar estas pruebas en síntomas inconexos” en lugar de en las ordenadas categorías usuales.
Estos desafortunados exploradores de nuevos reinos terapéuticos formaban parte de la Unión de Probadores Americanos, un grupo que aspiró a obtener conocimiento médico mediante experiencia de primera mano. Sus registros revelan una dimensión del pensamiento médico inexistente en la práctica moderna: atención a las sensaciones subjetivas que unen cuerpo y mente, fisiología y persona. Había en su búsqueda un honesto desinterés por los considerables peligros de la auto experimentación.
Samuel Hahnemann se formó como médico en Leipzig y Viena al final del siglo XVIII. Luego tres años de práctica, sin embargo, decidió salirse del negocio y se dedicó a traducir libros científicos (dominaba el árabe, el caldeo y el hebreo, así como las lenguas romances estándar) En sus últimos escritos, Hahnemann describió su decepción con la medicina convencional como un resultado de los remedios no efectivos y a menudo dañinos de las terapias occidentales, particularmente la violencia de las sangrías, las purgas y otros tratamientos “heroicos” en voga a comienzos del siglo XIX. Muchos pacientes manifestaban su disgusto con el desorden que les causaban drogas como el mercurio, hoy considerado muy tóxico, mientras los médicos se sentían impotentes para producir curas reales. 
Para cuando Hahnemann se deshizo de su lanceta de sangrías, el descontento entre los pacientes y los médicos se comenzaba a manifestar en forma de sectas “heterodoxas” que se definían por su oposición a la ortodoxia de las escuelas médicas y la práctica médica de elite. Hahnemann fue, en buena parte, producto de este fermento: al traducir un texto médico que mencionaba la corteza de quina, una planta del Nuevo Mundo usada para tratar la malaria, decidió sacarse las dudas sobre su efectividad probando la sustancia él mismo. Observó que la quina producía sobre su cuerpo saludable efectos que imitaban los de la malaria sobre un cuerpo enfermo, lo que lo llevó a desarrollar la teoría de que los remedios exitosos actuaban tratando lo similar con lo similar, combatiendo los síntomas de la enfermedad con sustancias que producen esos mismos síntomas en la salud. 
La teoría de Hahnemann, que llamó “homeopatía”, contradecía directamente el modelo aceptado de tratar un síntoma con drogas que tuvieran los efectos opuestos. El establishment médico lo atacó de inmediato, pero la controversia atrajo el interés de médicos descontentos con el estado bastante violento de la práctica terapéutica del momento. En 1811, Hahnemann volvió a Leipzig a enseñar su nuevo sistema de medicina. Para aplicar la teoría de tratar similar con o similar, debía determinar las propiedades homeopáticas de cada droga en la farmacopea estándar. La dimensión de su proyecto era inmensa: voluntarios saludables deberían probar miles de sustancias en concentraciones variadas durante el lapso de varias semanas. No había sujetos de investigación estandarizados, y el concepto no hubiera cumplido ninguna función en el discurso de la medicina del siglo XIX; aún los médicos convencionales entendían la terapéutica como algo altamente individualizado, supeditado a constitución, medioambiente y comportamiento. 
1.Este trabajo de experimentar medicinas en personas saludables, que Hahnemann llamó “probar” (en inglés, proving), era fuertemente subjetivo. Los hombres reclutados para beber y registrar sistemáticamente fueron llamados “probadores” (provers) y Hahnemann los escogió uno por uno de entre sus colegas físicamente aptos con la garantía de que “eran todas personas capaces de llevar adelante observaciones y con una total honestidad de propósito, de modo que puedo responder por ellas, y así lo hago”.
2. Los probadores debían observar sus mentes y cuerpos con desapego científico, aún mientras las sustancias extrañas sembraban el caos. Hacia 181, Hahnemann había formado la Unión para Probar Remedios, dedicada a “el santo propósito de buscar nuevos e indispensables descubrimientos para el bienestar de la humanidad sufriente” 
3. Esta elevada retórica cubrió la literatura de pruebas. Los probadores ayudaban al progreso médico “entregando (su) tiempo, incluso sacrificando (su) salud”. Se sometian a una dosificación programada y rigurosa y a regulares entrevistas con Hahnemann. La observación de uno mismo, sostenía este, producía no sólo mejores remedios sino mejores médicos y científicos: “la mejor oportunidad para ejercitar nuestro sentido de observación y para perfeccionarlo es probando nosotros mismos las medicinas”.
4. Los seguidores de Hahnemann llevaron este modelo de pruebas a los Estados Unidos en las décadas de 1830 y 1840. Uno de ellos eran Constantine Hering, un médico alemán que se convertió a la homeopatía mientras investigaba para un artículo que pretendía desacreditar a Hahemann. Huyó a la comunidad de inmigrantes alemanes del este de Pensilvania luego de que sus colegas de la Universidad de Wurzburg lo condenaran por su giro no ortodoxo. Allí creó la Allentown Academy, una escuela homeopática, y publicó la primera guía de salud homeopática de los Estados Unidos; en 1848, fundaría el Hahnemann Medical College de Filadelfia. 
Hering también fue instrumental en la organización de una nueva versión de la Unión de Probadores de Hahnemann, que promovía el mismo proyecto riguroso y sistemático de autoobservación entre los homeópatas norteamericanos. La Unión de Probadores Americanos surgió de una reunión en la casa de Hering en Pensilvania en agosto de 1853. Su organización era bastante ambigua: los once médicos fundadores nombraron corresponsales en cada región desde New York hasta Bavaria y Madagascar, de modo que los probadores norteamericanos estuvieran al día sobre las novedades internacionales. En una curiosa metáfora imperial, los fundadores de la Unión describieron el conocimiento médico como “un inmenso imperio que es nuestro dominio”, con la práctica de probar asimilable a las “expediciones de exploración” con las que los homeópatas anexarían “territorio tras territorio.. y estado tras estado”. 
5. El concepto de una unión era particularmente importante para una secta médica tan combatida como la de los homeópatas: querían presentar un frente unido contra los críticos, pero a menudo se encontraban divididos internamente por disputas nimias sobre el dosaje y las características de las drogas. La Unión resolvería esas “reprochables animosidades… sin lastimar nuestra causa común”. 
6 Algunos homeópatas, se quejaron los probadores fundadores, estaban demasiado ocupados en hacer dinero con sus prácticas lucrativas para ofrecer su tiempo a hacer pruebas, cuando las pruebas generaban el conocimiento capital del que dependía una práctica exitosa. La Unión requería sólo una prueba por miembro por año –un servicio modesto, y un recordatorio de la causa común que los homeópatas habían abrazado al rechazar la teoría médica convencional. Para probar, primero tenía uno que conocerse. Hering esperaba que los probadores tomaran notas durante dos semanas antes de empezar a consumir el remedio que les había sido asignado, de modo que poder aprender a distinguir “síntomas mórbidos usuales, habituales y de frecuente aparición de síntomas inusuales extraños o nuevos”. Las guías de dosaje para probadores eran igualmente subjetivas: “El objeto del probador es ser afectado por la droga sin resultar envenenado o que su salud se ponga seriamente en peligro”. Alcanzar este agradable lugar era enormemente cuestión de experiencia previa y de analogías extraídas de otras sustancias similares. Aunque una experimentación exitosa requería sólo una dosis calibrada apropiadamente, ésta podía exigir varios intentos. Los probadores pioneros alertaban contra el aumento constante del dosaje propio por más de una semana, ya que “muchos síntomas puedes ser causados por la droga y permanecer latentes por un tiempo, y luego aparecer de un modo inconveniente”.  

Tres años después de formada, la Unión Americana de Probadores emitió su primera investigación oficial del “ferrum metallicum” (hierro) y del “mercurius iodatus ruber” (yoduro de mercurio), notando con alguna desilusión que sólo noventa y siete médicos de los “muchos miles” de los Estados Unidos habían aceptado ingerir estas sustancias en forma experimental. Las investigaciones publicadas tenían un formato peculiar, que presentaba un digesto de síntomas organizado por categorías tales como la ubicación en el cuerpo, el momento del día, la periodicidad, los tipos de sensación y la actividad física. Pese al énfasis de los homeópatas en la constitución y la respuesta individualizada, no es posible reconstruir el conjunto de síntomas experimentados por un probador en particular. Rastros de individuos entran y salen de las descripciones en cascada.8 “El síntoma más duradero fue un sentimiento de histeria nerviosa…” “Se siente como si una cortina negra cayera sobre los ojos…” “Un dolor palpitante… toda vez que se movía de improviso”. A veces se observaban la hora o la recurrencia periódica: “…aturdimiento en la cabeza (8 AM), gradualmente reduciéndose hacia la noche”; “Despierto a las 3 AM con puntadas severas, como de una navaja… haciéndole imposible dormirse de nuevo”; “Febril a las 3 PM”. Vemos probadores con dificultades en las actividades cotidianas: “Incapaz de ver las puntadas al coser…”; la comida “sabe a huevos podridos”; “una gran inquietud… no puede estudiar o cumplir los deberes cotidianos”; “Al escribir, ningún control sobre la pluma… las letras se chocan unas con otras”. Entender la práctica del probar nos exige dejar a un lado las nociones modernas de la toxiccidad: es imposible conocer la pureza y la concentración de las sustancias que los probadores consumían, y desaconsejable buscar equivalencias en la literatura médica actual. 
Los probadores fueron entrenados para advertir la más pequeña minucia de sus estados físicos y mentales, de modo que no debería sorprendernos hallar dolores que aparecen en todas partes del cuerpo: “Ligero dolor en la base de la espalda”; “Hombro dolorido al tacto”; “Ligera migraña todo el día…”. Dicho esto, uno sólo puede estremecerse ante síntomas como “violenta presión en el estómago” o “eructo quemante y ácido”, que sugieren la ulceración del tejido del estómago por el hierro basal. El impulso de trazar un mapa de estos síntomas con el entendimiento biomédico actual debe rendirse, en última instancia, a su diferencia. 
Bajo la categoría de “Órganos Femeninos”, nos enteramos de que una dosis de ferrum metallicum le dio a un sujeto una “Pequeña sequedad de vagina al comenzar el coito y más placer en él”. Bajo la categoría “Pies”, nos enteramos de que el probador “Tiene que sacarse las botas”. Y observaciones más literarias: “Al aire libre, lágrimas”. Podemos componer alguna explicación psicológica racional, pero podríamos dejar simplemente que estas experiencias hablen por el más expansivo mundo en el que ocurrían –el “inmenso imperio” del organismo humano, con sus territorios no explorados y sus pasajes secretos conectando partes distancias en una conspiración furtiva. La última frontera de ese inmenso imperio eran, ciertamente, los sueños. Estos, incorporados sin distinción en la sintomatología de los probadores, entre “Sueño” y “Despertar”: “Sueños desagradables de amigos y parientes muertos hace 25 años”; “…soñó mucho sobre reunión con antiguos compañeros de escuela…”; “…muy perturbado por sueños con viejos amigos”; “Dormir perturbado por muchos sueños confusos”. Basado en esas observaciones, la prueba concluye con comentarios de Constantine Hering en que sugiere que el ferrum metallicum puede ser más útiles de lo que previamente se pensaba para el tratamiento de la bronquitis, el catarro y ciertas enfermedades de la piel. 

La prueba del yoduro de mercurio, publicada en el mismo volumen, luce similar a la del ferrum metallicum, con el añadido de mucho babear no muy bien recibido. Este texto representa un gran logro para los homéopatas norteamericanos, que podrían reclamar para sí una importante contribución al entendimiento profesional de materia médica estándar. Debido, sin embargo, a la escasez de participantes, frecuentemente remarcada por Hering y sus compatriotas, costó a la Unión otros tres años completar su siguiente prueba publicada. Otra posible razón para la demora es que la Unión de Probadores estaban testeando la cannabis indica, una variedad de marihuana conocida actualmente por producir una uniforme sensación “apacible” más que alucinatoria o extática. Los probadores reportaron una “des-inclinación al trabajo físico”, “excesivas ganas de dormir”, “sueño profundo con sueños melancólicos”. Siendo el hashish ampliamente notorio por sus dudosos efectos morales, los síntomas morales recibían especial consideración e incluían “gran angustia y desesperación”, “tendencia blasfemar” y “risas en forma inmoderada”. Como siempre, había algunos malos viajes: “(él) imagina, después de abrir la puerta del cuarto, que ve innumerables diablitos… Cree que se sofocará… súbitamente, uno de los diablitos empieza a tomar un órgano…”. Otras aventuras: “Teorizando constantemente”; ojos rojos; “hambre furiosa, que no decrece pese a comer enormemente”; “excesivo apetito venéreo con frecuentes erecciones durante el día”.
9. Aunque, por supuesto, la cannabis fue tomada como tintura y la concentración es desconocida, algunos probadores parecen haber probado más que otros. Un Dr. Neidhard tomó quince gotas de la tintura en total, mientras que el Dr. Wolfe tomó de “30 a 1000 gotas cada día”, del 25 de mayo al 1 de octubre, “cuando ya se había acabado”. Esta resultó ser la última y más bien desordenada prueba de la Unión de Probadores de Hering. Por razones que no quedaron registradas, el grupo se desbandó, pese a algunos esfuerzos en años subsiguientes por reavivar el proyecto. En su mayor parte, la materia médica homeopática sobrevive sin cambios en su forma del siglo XIX. El problema de replicarla en las ciencias biomédicas de hoy tiene similitudes con el destino de la Unión de Probadores: hay poco incentivo para que los laboratorios gasten sus recursos intentando testear un hallazgo ya ampliamente aceptado. Para los homeópatas del siglo XIX, sin embargo, la experiencia de primera mano era considerada más valiosa que el conocimiento recibido y el consenso profesional estaba, por default, siempre fluyendo. 
En un remarcable pasaje del documento fundacional de la Unión de Probadores, Hering y sus compatriotas afirmaban que la teoría de la homeopatía recibiría “o más apoyo cada año o tendrá que ser abandonada”, dependiente del resultado de sus investigaciones.10 Las drogas de hoy son desarrolladas en base a un entendimiento completamente diferente del cuerpo, la enfermedad y el método científico. Un médico que las probara todas no acabaría bien y un médico que probara sólo las divertidas sería un drogadicto antes que un mártir del “bienestar de la humanidad sufriente”. Todo lo que un médico necesita saber sobre los efectos de una droga está destilado a través de pruebas controladas y el proceso regulatorio de aprobación, inclinándose, como Hahnemann y Hering se rehusaron a hacer, ante las necesidades prácticas de una farmacopea masiva y siempre en crecimiento. 
Que bueno sería, sin embargo, hablar con un doctor que hubiera observado cuidadosamente los efectos de una droga sobre su propio cuerpo, que pudiera hablarnos de la ansiedad, la náusea, la dureza de los miembros –las condiciones precisas del cuerpo y la menta por las que uno pasará con la esperanza de una cura. “Nuestra familiaridad con las drogas y sus efectos es como nuestra familiaridad con los hombres”, Hering y compañía escribieron en 1853. “Somos íntimos con unos pocos, nos gusta la compañía de muchos, estamos contentos de ver a muchos más de vez en cuando… Hay muchos grados de intimidad de acuerdo con los acontecimientos de nuestra vida… Es lo mismo con nuestros instrumentos para curar, nuestras medicinas”.
11 1. Samuel Hahnemann and Constantine Hering, Samuel Hahnemann’s Organon of Homœopathic Medicine (New York, W. Radde, 1849; orig. 1810)↩ 2. Ibid.↩ 3. Samuel Hahnemann, letter in Allgem. Anzeiger der Deutschen, No. 24 (January 25, 1839, translated in Richard Haehl, Samuel Hahnemann: His Life and Work (B. Jain Publishers, 2003) 102-103.↩ 4. Ibid, 107.↩ 5. American Provers’ Union, “Suggestions for the Proving of Drugs on the Healthy; Report of the Committee Appointed for That Purpose … ” Philadelphia, 1853, 25.↩ 6. Ibid, 29.↩ 7. Citas de la American Provers’ Union, “Suggestions for the Proving of Drugs on the Healthy; Report of the Committee Appointed for That Purpose … ” Philadelphia, 1853 ↩ 8. Citas de la American Provers’ Union, Provings of Ferrum Metallicum….↩ 9. Citas de la American Provers’ Union, Provings of cannabis indica (Philadelphia : King & Baird, printers, 1859).↩ 10. Suggestions for the Proving of Drugs on the Healthy; report of the Committee Appointed for That Purpose … (Philadelphia,, 1853) 29.↩ 11. Ibid, 24.↩ Aquí, publicación original de este artículo, en inglés. 

*** Alicia Puglionesi tiene un B.A. en Inglés y Ciencia Cognitiva de la University of Pennsylvania. Ha trabajado en la historia del conocimiento popular, la publicación por suscripciones y la ducha contraceptiva de la Norteamérica del siglo XIX. Su investigación actual se centra en las ciencias modernas de la mente y el cerebro, incluyendo el rol de la producción del conocimiento, la popularización, la imagen y la memoria. Está interesada en las cuestiones de la creencia y la duda, la ortodoxia y la marginalidad, que constituyen el campo de la búsqueda física del fin del siglo XIX.


Dr. Jorge Donato Barros.
Médico. Nº C: 283606083.


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